No hace tanto se celebró en Madrid uno de sus maratones anuales. Era domingo en la mañana y la carrera atravesaba festiva y colorida. Participaban desde adolescentes hasta ancianos, hombres, mujeres: mucho entusiasmo, muchos esfuerzos, muchas sonrisas y cierta velocidad.

Yo me hallaba en un café, olvidado de que se celebraba el maratón, y salí a la calle Fuencarral para cruzarla e ir a impartir un curso. Tenía el tiempo justo. Y me encontré con una avalancha de corredores que no me permitía llegar de una acera a la otra. No se me ocurrió avanzar hasta el Metro Tribunal, y entrando por Fuencarral salir al otro lado por Barceló. Sino que me quedé a la espera de que finalizara el paso de los corredores. Eran numerosísimos, por lo que demoré en poder cruzar, y al fin lo hice, apresuradamente, en un momento en que la carrera ya no era compacta.

Cuando caminaba por entre el gentío en paralelo a la carrera, pasó a mi lado un tornado rubio, de piel muy blanca, falda amplísima y cabello atado en una larga cola de caballo. Me pareció una figura de las películas norteamericanas de los años cincuenta. Corría más rápido que los corredores. Y pensé que podía haberme hecho caer porque su falda rozó mi pantalón.

La muchacha se detuvo sobre la acera veinte pasos más allá, giró y levantó un cartel con un letrero en inglés, uno amoroso y de aliento, que tenía el número de un corredor. Busqué al corredor y lo vi sonreír y pasar a mi lado como una exhalación. A la muchacha agitar el cartel. Y a él perderse en la distancia con los brazos levantados por sobre su cabeza, moviéndolos como jubilo y despedida.

Comencé mi clase de esa mañana contando esta acción que humedeció a Madrid con sudor de cuatro brazos en alto. Un sudor que, de la acera a la calle, se entrelazó.